Tiempo estimado: 4 min.

Aislamiento e hiperexposición. Escaparatismo en el siglo XXI.

Escrito por

Gumer Praena

La Calle, en mayúsculas, ese espacio público de intercambio social tal y como lo concebimos ahora, tiene su origen en el siglo XVIII, dentro de un movimiento cultural e intelectual que supuso un punto de inflexión en nuestra historia y que conocemos con el nombre de Ilustración. Según el profesor García Fernández, “la Ilustración extendió una cultura de las apariencias que se basó en la ropa y que provocó la aparición de la calle de paseo en las ciudades, para ver y ser visto”.  

Resulta interesante cómo la función relacional y social de la calle surge desde un interés por enfatizar el individuo, es decir, como fruto de un proceso de creación o asentamiento de una identidad individual que acaba forjando una imagen colectiva.

Este carácter de la calle como espacio de la manifestación de la identidad es hoy en día bien conocido y tanto las personas como las marcas lo utilizan y explotan. La publicidad se extiende casi omnipresentemente por las calles y plazas más concurridas de nuestras grandes ciudades. Y por supuesto, la importancia de los escaparates, que son un punto de contacto esencial con los clientes, y que incluso fuera del horario comercial siguen cumpliendo con su objetivo.

Gran Via. 1924

Gran Via. 1935

Gran Via. 2018

¿Y qué tiene todo esto que ver con la situación actual?

Ahora que los bares están cerrados y las calles prácticamente desiertas, todo el flujo de las relaciones sociales ha sido canalizado a través de internet y de las redes sociales. Facebook, Instagram e incluso WhatsApp son ahora al mismo tiempo nuestra calle y nuestro bar, ese lugar donde vamos a enterarnos de lo que pasa y a opinar, a ver y a ser vistos. Pero también ese espacio, virtual en este caso, donde vamos a desahogar nuestras frustraciones, a denunciar las injusticias o en busca de ese contenido que nos emocione y nos brinde esa esperanza que en estos momentos necesitamos. Internet está construyendo en estos momentos todo el escenario de unos recuerdos que van a perdurar tanto en nuestra memoria como en nuestro subconsciente de forma profunda.

Por tanto, abandonar ese lugar, cerrar el escaparate a la “calle” más transitada sería ahora mismo una irresponsabilidad. En estos momentos de aislamiento individual, es cuando más veces al día miramos el teléfono móvil, cuando más veces nos impactan los anuncios, cuando más sensibles estamos a todos los mensajes y cuando más expuestas están todas las marcas. 

Expuestas en los dos sentidos de la palabra, en el sentido de que todo el contenido que generen y todas las decisiones que tomen se reciben con recelo y se miran con lupa. Pero también expuestas porque, ahora más que nunca, todo el mundo tiene en sus marcas de confianza, y en aquellas que aún está considerando, mil ojos puestos en busca de esos referentes que tanta falta nos hacen.

Gran Via. Marzo 2020

La Calle, en mayúsculas, ese espacio público de intercambio social tal y como lo concebimos ahora, tiene su origen en el siglo XVIII, dentro de un movimiento cultural e intelectual que supuso un punto de inflexión en nuestra historia y que conocemos con el nombre de Ilustración. Según el profesor García Fernández, “la Ilustración extendió una cultura de las apariencias que se basó en la ropa y que provocó la aparición de la calle de paseo en las ciudades, para ver y ser visto”.  

Resulta interesante cómo la función relacional y social de la calle surge desde un interés por enfatizar el individuo, es decir, como fruto de un proceso de creación o asentamiento de una identidad individual que acaba forjando una imagen colectiva.

Este carácter de la calle como espacio de la manifestación de la identidad es hoy en día bien conocido y tanto las personas como las marcas lo utilizan y explotan. La publicidad se extiende casi omnipresentemente por las calles y plazas más concurridas de nuestras grandes ciudades. Y por supuesto, la importancia de los escaparates, que son un punto de contacto esencial con los clientes, y que incluso fuera del horario comercial siguen cumpliendo con su objetivo.

Gran Via. 1924

Gran Via. 1935

Gran Via. 2018

¿Y qué tiene todo esto que ver con la situación actual?

Ahora que los bares están cerrados y las calles prácticamente desiertas, todo el flujo de las relaciones sociales ha sido canalizado a través de internet y de las redes sociales. Facebook, Instagram e incluso WhatsApp son ahora al mismo tiempo nuestra calle y nuestro bar, ese lugar donde vamos a enterarnos de lo que pasa y a opinar, a ver y a ser vistos. Pero también ese espacio, virtual en este caso, donde vamos a desahogar nuestras frustraciones, a denunciar las injusticias o en busca de ese contenido que nos emocione y nos brinde esa esperanza que en estos momentos necesitamos. Internet está construyendo en estos momentos todo el escenario de unos recuerdos que van a perdurar tanto en nuestra memoria como en nuestro subconsciente de forma profunda.

Por tanto, abandonar ese lugar, cerrar el escaparate a la “calle” más transitada sería ahora mismo una irresponsabilidad. En estos momentos de aislamiento individual, es cuando más veces al día miramos el teléfono móvil, cuando más veces nos impactan los anuncios, cuando más sensibles estamos a todos los mensajes y cuando más expuestas están todas las marcas. 

Expuestas en los dos sentidos de la palabra, en el sentido de que todo el contenido que generen y todas las decisiones que tomen se reciben con recelo y se miran con lupa. Pero también expuestas porque, ahora más que nunca, todo el mundo tiene en sus marcas de confianza, y en aquellas que aún está considerando, mil ojos puestos en busca de esos referentes que tanta falta nos hacen.

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Aislamiento e hiperexposición. Escaparatismo en el siglo XXI.

Escrito por

Gumer Praena

La Calle, en mayúsculas, ese espacio público de intercambio social tal y como lo concebimos ahora, tiene su origen en el siglo XVIII, dentro de un movimiento cultural e intelectual que supuso un punto de inflexión en nuestra historia y que conocemos con el nombre de Ilustración. Según el profesor García Fernández, “la Ilustración extendió una cultura de las apariencias que se basó en la ropa y que provocó la aparición de la calle de paseo en las ciudades, para ver y ser visto”.  

Resulta interesante cómo la función relacional y social de la calle surge desde un interés por enfatizar el individuo, es decir, como fruto de un proceso de creación o asentamiento de una identidad individual que acaba forjando una imagen colectiva.

Este carácter de la calle como espacio de la manifestación de la identidad es hoy en día bien conocido y tanto las personas como las marcas lo utilizan y explotan. La publicidad se extiende casi omnipresentemente por las calles y plazas más concurridas de nuestras grandes ciudades. Y por supuesto, la importancia de los escaparates, que son un punto de contacto esencial con los clientes, y que incluso fuera del horario comercial siguen cumpliendo con su objetivo.

Gran Via. 1924

Gran Via. 1935

Gran Via. 2018

¿Y qué tiene todo esto que ver con la situación actual?

Ahora que los bares están cerrados y las calles prácticamente desiertas, todo el flujo de las relaciones sociales ha sido canalizado a través de internet y de las redes sociales. Facebook, Instagram e incluso WhatsApp son ahora al mismo tiempo nuestra calle y nuestro bar, ese lugar donde vamos a enterarnos de lo que pasa y a opinar, a ver y a ser vistos. Pero también ese espacio, virtual en este caso, donde vamos a desahogar nuestras frustraciones, a denunciar las injusticias o en busca de ese contenido que nos emocione y nos brinde esa esperanza que en estos momentos necesitamos. Internet está construyendo en estos momentos todo el escenario de unos recuerdos que van a perdurar tanto en nuestra memoria como en nuestro subconsciente de forma profunda.

Por tanto, abandonar ese lugar, cerrar el escaparate a la “calle” más transitada sería ahora mismo una irresponsabilidad. En estos momentos de aislamiento individual, es cuando más veces al día miramos el teléfono móvil, cuando más veces nos impactan los anuncios, cuando más sensibles estamos a todos los mensajes y cuando más expuestas están todas las marcas. 

Expuestas en los dos sentidos de la palabra, en el sentido de que todo el contenido que generen y todas las decisiones que tomen se reciben con recelo y se miran con lupa. Pero también expuestas porque, ahora más que nunca, todo el mundo tiene en sus marcas de confianza, y en aquellas que aún está considerando, mil ojos puestos en busca de esos referentes que tanta falta nos hacen.

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Resulta interesante cómo la función relacional y social de la calle surge desde un interés por enfatizar el individuo, es decir, como fruto de un proceso de creación o asentamiento de una identidad individual que acaba forjando una imagen colectiva.

Este carácter de la calle como espacio de la manifestación de la identidad es hoy en día bien conocido y tanto las personas como las marcas lo utilizan y explotan. La publicidad se extiende casi omnipresentemente por las calles y plazas más concurridas de nuestras grandes ciudades. Y por supuesto, la importancia de los escaparates, que son un punto de contacto esencial con los clientes, y que incluso fuera del horario comercial siguen cumpliendo con su objetivo.

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¿Y qué tiene todo esto que ver con la situación actual?

Ahora que los bares están cerrados y las calles prácticamente desiertas, todo el flujo de las relaciones sociales ha sido canalizado a través de internet y de las redes sociales. Facebook, Instagram e incluso WhatsApp son ahora al mismo tiempo nuestra calle y nuestro bar, ese lugar donde vamos a enterarnos de lo que pasa y a opinar, a ver y a ser vistos. Pero también ese espacio, virtual en este caso, donde vamos a desahogar nuestras frustraciones, a denunciar las injusticias o en busca de ese contenido que nos emocione y nos brinde esa esperanza que en estos momentos necesitamos. Internet está construyendo en estos momentos todo el escenario de unos recuerdos que van a perdurar tanto en nuestra memoria como en nuestro subconsciente de forma profunda.

Por tanto, abandonar ese lugar, cerrar el escaparate a la “calle” más transitada sería ahora mismo una irresponsabilidad. En estos momentos de aislamiento individual, es cuando más veces al día miramos el teléfono móvil, cuando más veces nos impactan los anuncios, cuando más sensibles estamos a todos los mensajes y cuando más expuestas están todas las marcas. 

Expuestas en los dos sentidos de la palabra, en el sentido de que todo el contenido que generen y todas las decisiones que tomen se reciben con recelo y se miran con lupa. Pero también expuestas porque, ahora más que nunca, todo el mundo tiene en sus marcas de confianza, y en aquellas que aún está considerando, mil ojos puestos en busca de esos referentes que tanta falta nos hacen.

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