Tiempo estimado: 4 min.

Ni nueva, ni normal.

Escrito por

Gumer Praena

“Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.” Las ciudades invisibles – Italo Calvino

Los palimpsestos. 

Un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de otra escritura anterior que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe. Esta técnica es bastante antigua aunque se popularizó especialmente a partir del siglo VII debido a la escasez de papiro egipcio. Su uso seguiría siendo frecuente hasta cinco siglos después, cuando el papel terminó de alzarse como protagonista absoluto. La tinta se borraba raspando con una piedra pómez y en ocasiones incluso se sometía el papiro a concienzudos lavados para borrar su contenido. Aunque, a pesar de tanta determinación en el procedimiento, siempre quedaban restos de escritura poco visibles.


Los manuscritos se desataban, raspaban, lavaban y volvían a usar, conformando nuevas obras que no tenían por qué rendir cuentas del contenido anterior. Tratados matemáticos que se convertían en litúrgicos, textos jurídicos del siglo II que pasaron a ser obras de San Jerónimo, etc. Lo nuevo sobreescribía lo antiguo en un alarde, no solamente de ecologismo (ya sabéis: reducir, reutilizar y reciclar), sino de superioridad intelectual y moral que, en cierta forma, ninguneaba al texto anterior condenándolo al olvido.

No sabemos si siempre lo invisible a los ojos es esencial, pero lo que sí podemos afirmar es que: 

Las nuevas, y no tan nuevas, tecnologías han conseguido recuperar y mostrar al mundo multitud de casos en los que la obra original había sido ocultada. Y no únicamente ocurre con la escritura, en pintura son llamativos, aunque habituales, los casos en los que un cuadro esconde bajo su imagen una versión previa o incluso otra obra totalmente diferente sobre la que se volvió a pintar reutilizando el lienzo. El nombre de esta práctica es evocador: pentimento (arrepentirse). 

Territorios superpuestos.

Como estratos geológicos la realidad se superpone a sí misma, no siempre de forma homogénea. Diferentes tiempos de sedimentación construyen capas de diferente extensión y grosor. En ocasiones, como en los tells de mesopotamia, la antropización de un territorio es tan prolongada que las transformaciones que hace el ser humano no únicamente se suceden, sino que también se superponen como un hojaldre que termina quedando registrado en nuestro territorio.

Haussmann arrasó medio Paris para abrir los grandes , bulevares, sobre las cenizas de parte de Roma el emperador Nerón levantó su gran palacio, etc.

Nuestras ciudades son también un claro ejemplo de cómo nuestra sociedad es un palimpsesto que se sobreescribe. Solamente hace falta excavar un poco en los centros urbanos para comenzar a encontrar restos de un pasado tapado. De hecho, nos podemos aventurar a enunciar de forma poética, y cruel, que si los antiguos asentamientos que prosperaron se transformaron en nuestras actuales ciudades, los grandes conjuntos arqueológicos son aquellos que por algún motivo fracasaron, y por tanto, se podría decir que la arqueología es la ciencia que reconstruye la historia a través de nuestros grandes fracasos.

Ni nueva, ni normal.

Asumámoslo, no existen normalidades nuevas ni viejas. Existe una única realidad, llamémosla normalidad si queréis, que en estos tiempos, como tantas veces antes, ha sido truncada, raspada, por unos acontecimientos que hemos vivido como trascendentales y a los que necesitamos dotar de un significado más o menos alentador.

“Viejo” es un adjetivo que puede contener un significado peyorativo, puede trasmitir retroceso, desgaste, enfermedad… mientras que lo “nuevo” nos despierta esperanza, sensación de progreso. La “nueva normalidad” no es más que una forma de edulcorar una realidad compleja a la que debemos enfrentarnos no únicamente desde una perspectiva infantilista con algo llamado “ilusión”, sino con conocimientos, herramientas y capacidades que nos ayuden a construirla de la mejor forma posible.

Normal nos habla de algo natural, habitual u ordinario, características que no definen a las nuevas condiciones que nos vamos a encontrar cuando salgamos a la calle. Por tanto, ya no es que la nueva normalidad no sea nueva, es que ni siquiera es normal.

Nos encontramos ante una importante decisión. Podemos acatar el escenario que se nos da ya hecho, podemos abrir la puerta de casa y lanzarnos a la nueva normalidad. O bien, podemos coger pluma y tinta y comenzar a sobreescribir esta sociedad, imaginando cómo es el lugar donde queremos vivir, cómo son sus gentes, cómo es todo. Seguramente muchos no tendremos otra ocasión igual en toda nuestra vida. 

La nueva normalidad no existe, arremanguémonos, pongámonos manos a la obra, es el momento de escribir sobre el maltratado papiro que cuenta la historia de la humanidad.

“Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.” Las ciudades invisibles – Italo Calvino

Los palimpsestos. 

Un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de otra escritura anterior que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe. Esta técnica es bastante antigua aunque se popularizó especialmente a partir del siglo VII debido a la escasez de papiro egipcio. Su uso seguiría siendo frecuente hasta cinco siglos después, cuando el papel terminó de alzarse como protagonista absoluto. La tinta se borraba raspando con una piedra pómez y en ocasiones incluso se sometía el papiro a concienzudos lavados para borrar su contenido. Aunque, a pesar de tanta determinación en el procedimiento, siempre quedaban restos de escritura poco visibles.


Los manuscritos se desataban, raspaban, lavaban y volvían a usar, conformando nuevas obras que no tenían por qué rendir cuentas del contenido anterior. Tratados matemáticos que se convertían en litúrgicos, textos jurídicos del siglo II que pasaron a ser obras de San Jerónimo, etc. Lo nuevo sobreescribía lo antiguo en un alarde, no solamente de ecologismo (ya sabéis: reducir, reutilizar y reciclar), sino de superioridad intelectual y moral que, en cierta forma, ninguneaba al texto anterior condenándolo al olvido.

No sabemos si siempre lo invisible a los ojos es esencial, pero lo que sí podemos afirmar es que: 

Las nuevas, y no tan nuevas, tecnologías han conseguido recuperar y mostrar al mundo multitud de casos en los que la obra original había sido ocultada. Y no únicamente ocurre con la escritura, en pintura son llamativos, aunque habituales, los casos en los que un cuadro esconde bajo su imagen una versión previa o incluso otra obra totalmente diferente sobre la que se volvió a pintar reutilizando el lienzo. El nombre de esta práctica es evocador: pentimento (arrepentirse). 

Territorios superpuestos.

Como estratos geológicos la realidad se superpone a sí misma, no siempre de forma homogénea. Diferentes tiempos de sedimentación construyen capas de diferente extensión y grosor. En ocasiones, como en los tells de mesopotamia, la antropización de un territorio es tan prolongada que las transformaciones que hace el ser humano no únicamente se suceden, sino que también se superponen como un hojaldre que termina quedando registrado en nuestro territorio.

Haussmann arrasó medio Paris para abrir los grandes , bulevares, sobre las cenizas de parte de Roma el emperador Nerón levantó su gran palacio, etc.

Nuestras ciudades son también un claro ejemplo de cómo nuestra sociedad es un palimpsesto que se sobreescribe. Solamente hace falta excavar un poco en los centros urbanos para comenzar a encontrar restos de un pasado tapado. De hecho, nos podemos aventurar a enunciar de forma poética, y cruel, que si los antiguos asentamientos que prosperaron se transformaron en nuestras actuales ciudades, los grandes conjuntos arqueológicos son aquellos que por algún motivo fracasaron, y por tanto, se podría decir que la arqueología es la ciencia que reconstruye la historia a través de nuestros grandes fracasos.

Ni nueva, ni normal.

Asumámoslo, no existen normalidades nuevas ni viejas. Existe una única realidad, llamémosla normalidad si queréis, que en estos tiempos, como tantas veces antes, ha sido truncada, raspada, por unos acontecimientos que hemos vivido como trascendentales y a los que necesitamos dotar de un significado más o menos alentador.

“Viejo” es un adjetivo que puede contener un significado peyorativo, puede trasmitir retroceso, desgaste, enfermedad… mientras que lo “nuevo” nos despierta esperanza, sensación de progreso. La “nueva normalidad” no es más que una forma de edulcorar una realidad compleja a la que debemos enfrentarnos no únicamente desde una perspectiva infantilista con algo llamado “ilusión”, sino con conocimientos, herramientas y capacidades que nos ayuden a construirla de la mejor forma posible.

Normal nos habla de algo natural, habitual u ordinario, características que no definen a las nuevas condiciones que nos vamos a encontrar cuando salgamos a la calle. Por tanto, ya no es que la nueva normalidad no sea nueva, es que ni siquiera es normal.

Nos encontramos ante una importante decisión. Podemos acatar el escenario que se nos da ya hecho, podemos abrir la puerta de casa y lanzarnos a la nueva normalidad. O bien, podemos coger pluma y tinta y comenzar a sobreescribir esta sociedad, imaginando cómo es el lugar donde queremos vivir, cómo son sus gentes, cómo es todo. Seguramente muchos no tendremos otra ocasión igual en toda nuestra vida. 

La nueva normalidad no existe, arremanguémonos, pongámonos manos a la obra, es el momento de escribir sobre el maltratado papiro que cuenta la historia de la humanidad.

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Los palimpsestos. 

Un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de otra escritura anterior que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe. Esta técnica es bastante antigua aunque se popularizó especialmente a partir del siglo VII debido a la escasez de papiro egipcio. Su uso seguiría siendo frecuente hasta cinco siglos después, cuando el papel terminó de alzarse como protagonista absoluto. La tinta se borraba raspando con una piedra pómez y en ocasiones incluso se sometía el papiro a concienzudos lavados para borrar su contenido. Aunque, a pesar de tanta determinación en el procedimiento, siempre quedaban restos de escritura poco visibles.


Los manuscritos se desataban, raspaban, lavaban y volvían a usar, conformando nuevas obras que no tenían por qué rendir cuentas del contenido anterior. Tratados matemáticos que se convertían en litúrgicos, textos jurídicos del siglo II que pasaron a ser obras de San Jerónimo, etc. Lo nuevo sobreescribía lo antiguo en un alarde, no solamente de ecologismo (ya sabéis: reducir, reutilizar y reciclar), sino de superioridad intelectual y moral que, en cierta forma, ninguneaba al texto anterior condenándolo al olvido.

No sabemos si siempre lo invisible a los ojos es esencial, pero lo que sí podemos afirmar es que: 

Las nuevas, y no tan nuevas, tecnologías han conseguido recuperar y mostrar al mundo multitud de casos en los que la obra original había sido ocultada. Y no únicamente ocurre con la escritura, en pintura son llamativos, aunque habituales, los casos en los que un cuadro esconde bajo su imagen una versión previa o incluso otra obra totalmente diferente sobre la que se volvió a pintar reutilizando el lienzo. El nombre de esta práctica es evocador: pentimento (arrepentirse). 

Territorios superpuestos.

Como estratos geológicos la realidad se superpone a sí misma, no siempre de forma homogénea. Diferentes tiempos de sedimentación construyen capas de diferente extensión y grosor. En ocasiones, como en los tells de mesopotamia, la antropización de un territorio es tan prolongada que las transformaciones que hace el ser humano no únicamente se suceden, sino que también se superponen como un hojaldre que termina quedando registrado en nuestro territorio.

Haussmann arrasó medio Paris para abrir los grandes , bulevares, sobre las cenizas de parte de Roma el emperador Nerón levantó su gran palacio, etc.

Nuestras ciudades son también un claro ejemplo de cómo nuestra sociedad es un palimpsesto que se sobreescribe. Solamente hace falta excavar un poco en los centros urbanos para comenzar a encontrar restos de un pasado tapado. De hecho, nos podemos aventurar a enunciar de forma poética, y cruel, que si los antiguos asentamientos que prosperaron se transformaron en nuestras actuales ciudades, los grandes conjuntos arqueológicos son aquellos que por algún motivo fracasaron, y por tanto, se podría decir que la arqueología es la ciencia que reconstruye la historia a través de nuestros grandes fracasos.

Ni nueva, ni normal.

Asumámoslo, no existen normalidades nuevas ni viejas. Existe una única realidad, llamémosla normalidad si queréis, que en estos tiempos, como tantas veces antes, ha sido truncada, raspada, por unos acontecimientos que hemos vivido como trascendentales y a los que necesitamos dotar de un significado más o menos alentador.

“Viejo” es un adjetivo que puede contener un significado peyorativo, puede trasmitir retroceso, desgaste, enfermedad… mientras que lo “nuevo” nos despierta esperanza, sensación de progreso. La “nueva normalidad” no es más que una forma de edulcorar una realidad compleja a la que debemos enfrentarnos no únicamente desde una perspectiva infantilista con algo llamado “ilusión”, sino con conocimientos, herramientas y capacidades que nos ayuden a construirla de la mejor forma posible.

Normal nos habla de algo natural, habitual u ordinario, características que no definen a las nuevas condiciones que nos vamos a encontrar cuando salgamos a la calle. Por tanto, ya no es que la nueva normalidad no sea nueva, es que ni siquiera es normal.

Nos encontramos ante una importante decisión. Podemos acatar el escenario que se nos da ya hecho, podemos abrir la puerta de casa y lanzarnos a la nueva normalidad. O bien, podemos coger pluma y tinta y comenzar a sobreescribir esta sociedad, imaginando cómo es el lugar donde queremos vivir, cómo son sus gentes, cómo es todo. Seguramente muchos no tendremos otra ocasión igual en toda nuestra vida. 

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Los manuscritos se desataban, raspaban, lavaban y volvían a usar, conformando nuevas obras que no tenían por qué rendir cuentas del contenido anterior. Tratados matemáticos que se convertían en litúrgicos, textos jurídicos del siglo II que pasaron a ser obras de San Jerónimo, etc. Lo nuevo sobreescribía lo antiguo en un alarde, no solamente de ecologismo (ya sabéis: reducir, reutilizar y reciclar), sino de superioridad intelectual y moral que, en cierta forma, ninguneaba al texto anterior condenándolo al olvido.

No sabemos si siempre lo invisible a los ojos es esencial, pero lo que sí podemos afirmar es que: 

Las nuevas, y no tan nuevas, tecnologías han conseguido recuperar y mostrar al mundo multitud de casos en los que la obra original había sido ocultada. Y no únicamente ocurre con la escritura, en pintura son llamativos, aunque habituales, los casos en los que un cuadro esconde bajo su imagen una versión previa o incluso otra obra totalmente diferente sobre la que se volvió a pintar reutilizando el lienzo. El nombre de esta práctica es evocador: pentimento (arrepentirse). 

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Haussmann arrasó medio Paris para abrir los grandes , bulevares, sobre las cenizas de parte de Roma el emperador Nerón levantó su gran palacio, etc.

Nuestras ciudades son también un claro ejemplo de cómo nuestra sociedad es un palimpsesto que se sobreescribe. Solamente hace falta excavar un poco en los centros urbanos para comenzar a encontrar restos de un pasado tapado. De hecho, nos podemos aventurar a enunciar de forma poética, y cruel, que si los antiguos asentamientos que prosperaron se transformaron en nuestras actuales ciudades, los grandes conjuntos arqueológicos son aquellos que por algún motivo fracasaron, y por tanto, se podría decir que la arqueología es la ciencia que reconstruye la historia a través de nuestros grandes fracasos.

Ni nueva, ni normal.

Asumámoslo, no existen normalidades nuevas ni viejas. Existe una única realidad, llamémosla normalidad si queréis, que en estos tiempos, como tantas veces antes, ha sido truncada, raspada, por unos acontecimientos que hemos vivido como trascendentales y a los que necesitamos dotar de un significado más o menos alentador.

“Viejo” es un adjetivo que puede contener un significado peyorativo, puede trasmitir retroceso, desgaste, enfermedad… mientras que lo “nuevo” nos despierta esperanza, sensación de progreso. La “nueva normalidad” no es más que una forma de edulcorar una realidad compleja a la que debemos enfrentarnos no únicamente desde una perspectiva infantilista con algo llamado “ilusión”, sino con conocimientos, herramientas y capacidades que nos ayuden a construirla de la mejor forma posible.

Normal nos habla de algo natural, habitual u ordinario, características que no definen a las nuevas condiciones que nos vamos a encontrar cuando salgamos a la calle. Por tanto, ya no es que la nueva normalidad no sea nueva, es que ni siquiera es normal.

Nos encontramos ante una importante decisión. Podemos acatar el escenario que se nos da ya hecho, podemos abrir la puerta de casa y lanzarnos a la nueva normalidad. O bien, podemos coger pluma y tinta y comenzar a sobreescribir esta sociedad, imaginando cómo es el lugar donde queremos vivir, cómo son sus gentes, cómo es todo. Seguramente muchos no tendremos otra ocasión igual en toda nuestra vida. 

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