Tiempo estimado: 4 min.

Se ha hecho siempre así

Escrito por

Gumer Praena

Hay pocos argumentos menos rebatibles que un “es que se ha hecho siempre así”. Quizás por el hecho de que poco tiene de argumento. Es una frase lapidaria que no apela a nuestro intelecto, sino a nuestro apego, al sentimiento de seguridad que nos produce lo conocido. 

Pero a decir verdad, el “siempre se ha hecho así” puede ser un lastre. Porque los hábitos generan seguridad y perfeccionamiento (en cuanto que los procesos en serie pueden optimizarse), pero también generan ceguera.

La rutina, el quehacer, el día a día, etc. son un ecosistema perfecto para cultivar propósitos pospuestos. Es la muerte de la innovación.

Sin embargo, de vez en cuando llega algo que lo trastoca todo: una revolución, un descubrimiento, un eureka o una crisis; que modifica nuestra inercia y nos arroja a un nuevo escenario.

Concretemos.

En apenas dos semanas hemos visto como muchos de nuestros organismos públicos están atendiendo a la población a través de internet o del teléfono, de pronto muchos procesos se han digitalizado. La DGT ha presentado una app que puede sustituir al carnet de conducir. Universidades, institutos, etc. han implementado las clases on-line. Hay multitud de empresas que han puesto en práctica, de un día para otro, el teletrabajo y que ya atienden a sus clientes por estos mismos canales. Y podríamos seguir con los ejemplos.

 De pronto ante la necesidad, ante la ruptura de nuestra rutina, hemos dado un pequeño (aunque importante) salto, que ha puesto de manifiesto nuestra capacidad para adaptarnos e implementar tecnologías y mecanismos de organización que parecían aletargados, como dormidos, esperando a un no se sabe bien qué.

Imaginemos durante un momento que no nos encontramos ante una excepción, que estos nuevos hábitos y procesos no son un paréntesis en nuestra normalidad, sino un ensayo o anticipo de un futuro próximo.

 Quién sabe si muchas de las decisiones que se han tomado en las últimas semanas, van a determinar cómo vamos a enfrentarnos a situaciones por venir tales como la adaptación al cambio climático. ¿Habrá que disminuir el número de veces que vamos al supermercado y realizar compras más grandes? ¿Será necesario limitar los desplazamientos a nuestros puestos de trabajo? Tal vez en el futuro algunas empresas ya no tengan oficinas, sino que existan oficinas de barrio hiperconectadas donde trabajadores de múltiples empresas convivan a dos pasos de su casa.

Es complicado, e incluso arriesgado, sacar conclusiones con vistas al futuro de la situación actual provocada por el COVID-19, pero algo que sí podemos sacar en claro es nuestra capacidad para responder ante la necesidad, para adaptarnos y aprender, creando de la debilidad un espacio para la oportunidad.

En 1968 Dick Fosbury ganó un oro olímpico en salto de altura cambiando radicalmente la mecánica de salto. Hasta entonces los atletas saltaban de frente y él, incluso sin ser el mejor dotado físicamente, consiguió ganarles con una técnica que él mismo había inventado con tan solo 16 años y a pesar de las risas y de las mofas de quienes lo veían practicar. Fosbury arriesgó y ganó; a pesar de que nunca antes se había hecho así.

Hay pocos argumentos menos rebatibles que un “es que se ha hecho siempre así”. Quizás por el hecho de que poco tiene de argumento. Es una frase lapidaria que no apela a nuestro intelecto, sino a nuestro apego, al sentimiento de seguridad que nos produce lo conocido. 

Pero a decir verdad, el “siempre se ha hecho así” puede ser un lastre. Porque los hábitos generan seguridad y perfeccionamiento (en cuanto que los procesos en serie pueden optimizarse), pero también generan ceguera.

La rutina, el quehacer, el día a día, etc. son un ecosistema perfecto para cultivar propósitos pospuestos. Es la muerte de la innovación.

Sin embargo, de vez en cuando llega algo que lo trastoca todo: una revolución, un descubrimiento, un eureka o una crisis; que modifica nuestra inercia y nos arroja a un nuevo escenario.

Concretemos.

En apenas dos semanas hemos visto como muchos de nuestros organismos públicos están atendiendo a la población a través de internet o del teléfono, de pronto muchos procesos se han digitalizado. La DGT ha presentado una app que puede sustituir al carnet de conducir. Universidades, institutos, etc. han implementado las clases on-line. Hay multitud de empresas que han puesto en práctica, de un día para otro, el teletrabajo y que ya atienden a sus clientes por estos mismos canales. Y podríamos seguir con los ejemplos.

 De pronto ante la necesidad, ante la ruptura de nuestra rutina, hemos dado un pequeño (aunque importante) salto, que ha puesto de manifiesto nuestra capacidad para adaptarnos e implementar tecnologías y mecanismos de organización que parecían aletargados, como dormidos, esperando a un no se sabe bien qué.

Imaginemos durante un momento que no nos encontramos ante una excepción, que estos nuevos hábitos y procesos no son un paréntesis en nuestra normalidad, sino un ensayo o anticipo de un futuro próximo.

 Quién sabe si muchas de las decisiones que se han tomado en las últimas semanas, van a determinar cómo vamos a enfrentarnos a situaciones por venir tales como la adaptación al cambio climático. ¿Habrá que disminuir el número de veces que vamos al supermercado y realizar compras más grandes? ¿Será necesario limitar los desplazamientos a nuestros puestos de trabajo? Tal vez en el futuro algunas empresas ya no tengan oficinas, sino que existan oficinas de barrio hiperconectadas donde trabajadores de múltiples empresas convivan a dos pasos de su casa.

Es complicado, e incluso arriesgado, sacar conclusiones con vistas al futuro de la situación actual provocada por el COVID-19, pero algo que sí podemos sacar en claro es nuestra capacidad para responder ante la necesidad, para adaptarnos y aprender, creando de la debilidad un espacio para la oportunidad.

En 1968 Dick Fosbury ganó un oro olímpico en salto de altura cambiando radicalmente la mecánica de salto. Hasta entonces los atletas saltaban de frente y él, incluso sin ser el mejor dotado físicamente, consiguió ganarles con una técnica que él mismo había inventado con tan solo 16 años y a pesar de las risas y de las mofas de quienes lo veían practicar. Fosbury arriesgó y ganó; a pesar de que nunca antes se había hecho así.

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Hay pocos argumentos menos rebatibles que un “es que se ha hecho siempre así”. Quizás por el hecho de que poco tiene de argumento. Es una frase lapidaria que no apela a nuestro intelecto, sino a nuestro apego, al sentimiento de seguridad que nos produce lo conocido. 

Pero a decir verdad, el “siempre se ha hecho así” puede ser un lastre. Porque los hábitos generan seguridad y perfeccionamiento (en cuanto que los procesos en serie pueden optimizarse), pero también generan ceguera.

La rutina, el quehacer, el día a día, etc. son un ecosistema perfecto para cultivar propósitos pospuestos. Es la muerte de la innovación.

Sin embargo, de vez en cuando llega algo que lo trastoca todo: una revolución, un descubrimiento, un eureka o una crisis; que modifica nuestra inercia y nos arroja a un nuevo escenario.

Concretemos.

En apenas dos semanas hemos visto como muchos de nuestros organismos públicos están atendiendo a la población a través de internet o del teléfono, de pronto muchos procesos se han digitalizado. La DGT ha presentado una app que puede sustituir al carnet de conducir. Universidades, institutos, etc. han implementado las clases on-line. Hay multitud de empresas que han puesto en práctica, de un día para otro, el teletrabajo y que ya atienden a sus clientes por estos mismos canales. Y podríamos seguir con los ejemplos.

 De pronto ante la necesidad, ante la ruptura de nuestra rutina, hemos dado un pequeño (aunque importante) salto, que ha puesto de manifiesto nuestra capacidad para adaptarnos e implementar tecnologías y mecanismos de organización que parecían aletargados, como dormidos, esperando a un no se sabe bien qué.

Imaginemos durante un momento que no nos encontramos ante una excepción, que estos nuevos hábitos y procesos no son un paréntesis en nuestra normalidad, sino un ensayo o anticipo de un futuro próximo.

 Quién sabe si muchas de las decisiones que se han tomado en las últimas semanas, van a determinar cómo vamos a enfrentarnos a situaciones por venir tales como la adaptación al cambio climático. ¿Habrá que disminuir el número de veces que vamos al supermercado y realizar compras más grandes? ¿Será necesario limitar los desplazamientos a nuestros puestos de trabajo? Tal vez en el futuro algunas empresas ya no tengan oficinas, sino que existan oficinas de barrio hiperconectadas donde trabajadores de múltiples empresas convivan a dos pasos de su casa.

Es complicado, e incluso arriesgado, sacar conclusiones con vistas al futuro de la situación actual provocada por el COVID-19, pero algo que sí podemos sacar en claro es nuestra capacidad para responder ante la necesidad, para adaptarnos y aprender, creando de la debilidad un espacio para la oportunidad.

En 1968 Dick Fosbury ganó un oro olímpico en salto de altura cambiando radicalmente la mecánica de salto. Hasta entonces los atletas saltaban de frente y él, incluso sin ser el mejor dotado físicamente, consiguió ganarles con una técnica que él mismo había inventado con tan solo 16 años y a pesar de las risas y de las mofas de quienes lo veían practicar. Fosbury arriesgó y ganó; a pesar de que nunca antes se había hecho así.

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Sin embargo, de vez en cuando llega algo que lo trastoca todo: una revolución, un descubrimiento, un eureka o una crisis; que modifica nuestra inercia y nos arroja a un nuevo escenario.

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En apenas dos semanas hemos visto como muchos de nuestros organismos públicos están atendiendo a la población a través de internet o del teléfono, de pronto muchos procesos se han digitalizado. La DGT ha presentado una app que puede sustituir al carnet de conducir. Universidades, institutos, etc. han implementado las clases on-line. Hay multitud de empresas que han puesto en práctica, de un día para otro, el teletrabajo y que ya atienden a sus clientes por estos mismos canales. Y podríamos seguir con los ejemplos.

 De pronto ante la necesidad, ante la ruptura de nuestra rutina, hemos dado un pequeño (aunque importante) salto, que ha puesto de manifiesto nuestra capacidad para adaptarnos e implementar tecnologías y mecanismos de organización que parecían aletargados, como dormidos, esperando a un no se sabe bien qué.

Imaginemos durante un momento que no nos encontramos ante una excepción, que estos nuevos hábitos y procesos no son un paréntesis en nuestra normalidad, sino un ensayo o anticipo de un futuro próximo.

 Quién sabe si muchas de las decisiones que se han tomado en las últimas semanas, van a determinar cómo vamos a enfrentarnos a situaciones por venir tales como la adaptación al cambio climático. ¿Habrá que disminuir el número de veces que vamos al supermercado y realizar compras más grandes? ¿Será necesario limitar los desplazamientos a nuestros puestos de trabajo? Tal vez en el futuro algunas empresas ya no tengan oficinas, sino que existan oficinas de barrio hiperconectadas donde trabajadores de múltiples empresas convivan a dos pasos de su casa.

Es complicado, e incluso arriesgado, sacar conclusiones con vistas al futuro de la situación actual provocada por el COVID-19, pero algo que sí podemos sacar en claro es nuestra capacidad para responder ante la necesidad, para adaptarnos y aprender, creando de la debilidad un espacio para la oportunidad.

En 1968 Dick Fosbury ganó un oro olímpico en salto de altura cambiando radicalmente la mecánica de salto. Hasta entonces los atletas saltaban de frente y él, incluso sin ser el mejor dotado físicamente, consiguió ganarles con una técnica que él mismo había inventado con tan solo 16 años y a pesar de las risas y de las mofas de quienes lo veían practicar. Fosbury arriesgó y ganó; a pesar de que nunca antes se había hecho así.

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